Los crímenes de la Avenida de Mayo II

지난달


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Luego de tres semanas de trabajar en forma continuada 14 o más horas cada día, Soto se encontraba extenuado, física y mentalmente. La falta de resultados en la investigación lo tenía obsesionado y no alcanzaba a comprender que en ese estado de agotamiento era mucho más factible pasar por alto pistas y deducciones que interpretarlas.

Un buen amigo del inspector, el sargento 1ero Aníbal Rodrigo, le recomendó descansar un par de días para reordenar ideas y reponer energías, pero sabiendo que su sugerencia no sería tomada en serio, utilizó un último recurso: le consiguió una entrevista con el recién designado titular de la cátedra de medicina legal de la universidad de Buenos Aires, el cada vez más prestigioso doctor Nerio Rojas, ex profeso la cita fue solicitada para tres días después aunque le dijo a Soto que la agenda de Rojas estaba completa.

Mientras el detective esperaba en el ascético recibidor del despacho del médico reconoció íntimamente que el descanso le había caído excelente, tomó nota mental: le debía dos favores a Rodrigo. La espera se alargó por un buen rato pero finalmente lo hicieron pasar y para su sorpresa lo recibió un joven doctor que para nada se asemejaba a la imagen mental que se había formado de un catedrático de renombre, no solamente era joven sino que también muy amable y sencillo.

El doctor Rojas escuchó atentamente el prolijo resumen de los acontecimientos acaecidos en la Avenida de Mayo y el avance que hasta ahora había tenido la investigación, fue muy considerado de su parte no mencionar que estaba absolutamente al tanto de todo el asunto por un lado y que se sentía preocupado por lo poco desarrollada que estaba la investigación, por el otro. Finalmente le dio algunos consejos y el nombre de un médico forense recién recibido sobre el que tenía fundadas expectativas, su nombre era Rogelio Durán, paralelamente le advirtió que se apresurara en contactarlo ya que su recomendado tenía planeado viajar a Europa para perfeccionarse en la carrera forense.

Exactamente un mes después de la muerte de Josefina de las Mercedes Castellón, la hija del comerciante español, unos niños que jugaban a las escondidas encontraron un cuarto cadáver en un terreno baldío de la calle Alsina, a solo dos cuadras de la Avenida de Mayo. Soto estaba entrevistándose con Durán cuando vinieron de la comisaria a darle la noticia.

Con la llegada de Durán el grupo de investigación liderado por el detective Soto ya sumaba ocho integrantes, mucha gente talentosa y todavía escasos resultados. Sin embargo un detalle que casi fue pasado por alto arrimó cierta esperanza a la investigación y le dio un nuevo impulso: al lado del cuerpo sin vida de Rosalía Dos Santos, la última víctima, se encontró un ejemplar de la 6ta edición del diario Crítica del día anterior, en su primera hoja había manchas de sangre y la impresión casi perfecta de una huella dactilar.

Si bien Soto conocía el sistema de identificación de personas por huellas dactilares, era algo todavía en desarrollo pese a que había sido ideado y puesto en funcionamiento por Juan Vucetich hacia fines del siglo anterior, en la escuela de policías habían enfatizado que aún no era totalmente confiable ya que demandaría muchos años tener un registro dactilar de todas las personas, por ahora se habían recopilado las huellas de los presos y procesados, no mucho más. De todas maneras comenzó inmediatamente el cotejo con el stock de impresiones existe con cierto grado de escepticismo.

En la flamante morgue de la universidad se realizó la autopsia de la cuarta víctima y como en todas las anteriores el motivo del deceso era una puñalada certera en el corazón. Como no ocurrió con los casos anteriores esta vez el equipo que se puso a cargo de Durán hizo un exhaustivo trabajo y se llegó a la conclusión que el arma asesina sería un cuchillo de hoja ancha, muy filoso y de entre 18 y 20 centímetros de largo. Soto envió inmediatamente a un subordinado a investigar marcas y modelos de cuchillos que se fabricaran o importaran con esas medidas, tenía la esperanza de que no fueran muchas.

Mientras tanto se concentraron en el diario; la 6ta edición salía a la venta a las 8 de la noche y el cuerpo se había descubierto en la tarde del día siguiente por lo tanto el homicidio había sido cometido entre esa hora y el amanecer ya que otra información clave aportada por Durán indicaba un rigor mortis de al menos 10 horas. El crimen definitivamente había ocurrido el 18 de marzo de 1924, revisando hacia atrás y pese a que no tenía absoluta certeza, Soto comenzó a creer firmemente que todos los asesinatos fueron perpetrados el día 18 de cada mes.

El diario era el primer error del asesino, por fin había información firme para trabajar. Para Soto fue como volver a respirar después de estar sumergido por un largo tiempo en el viscoso líquido de la duda. Estaba en marcha y convencido de que ahora la investigación tenía un norte, pensaba que el cerco sobre el homicida se iría estrechando con el correr de los días.

Continuará…

La fotografía es de mi propiedad y muestra la Avenida de Mayo (lugar de los hechos contados en esta ficción) en la actualidad.

Héctor Gugliermo

@hosgug

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