Crímenes contados: centro y periferia desde la violencia y el crimen en nuevos autores del relato negro venezolano (6)

28일 전

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Estimados amigos, los bloqueos de internet en mi país, aunados a la ruina en que se mantienen todos los servicios, hacen una tarea titánica publicar cualquier cosa. Pues, me niego a que eso me detenga: va sin imágenes.
Y seguiré intentando cargarlas. En algún momento, espero que pronto, podré subirlas.
Con ustedes, lectores, sí que estoy agradecida.


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El crimen como impronta de los territorios de la ficción puede tener conexiones ciertamente inquietantes con el universo factual.El crimen como impronta de los territorios de la ficción puede tener conexiones ciertamente inquietantes con el universo factual.

Las novelas La otra isla, de Francisco Suniaga, y Un vampiro en Maracaibo, de Norberto José Olivar, así como los cuentos “Darse vuelta la vida” y “Debió oírse al viento soplar”, de Luis Aristimuño, pueden ser leídos desde la exploración de estas conexiones. Al situar anécdotas criminales en el interior del país, las colocan como ejes narrativos de la construcción de identidades, bien sea de localidades urbanas de la periferia, espacios no citadinos o rurales. El crimen funciona, pues, exactamente en el sentido apuntado por Chandler: como marca que define el perfil social e ideológico de las representaciones, relaciones referenciales incluidas. De muy distintas formas estos textos construyen esas identidades. Vale la pena mirar, aun de manera muy general, cómo lo hacen. La novela de Suniaga, La otra isla, ilustra particularmente el punto.
Una de sus estrategias importantes consiste en introducir el tópico de la mirada extranjera que se ve desbordada en su encuentro con la otredad, por lo menos en dos sentidos. La perplejidad de la señora Kreutzen, madre de la víctima (ligada a su agobio ante lo agreste burocrático y paisajístico) que no alcanza a comprender del todo las circunstancias que rodean la muerte del hijo, y la de la propia víctima, que sucumbe ante el poder de la violencia pura de las peleas de gallos que “sellaron cualquier salida a su alma ya cautiva y arraigaron en su conciencia la fascinación incurable” (p. 187). De muchos modos, la distancia cultural de esas miradas construye una visión alternativa sobre la isla de Margarita, haciendo emerger con ironía, desencanto y lirismo la otra isla, desasida de los lugares comunes del puerto libre o del destino turístico.

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Estas miradas se articulan a través de la investigación que emprende el abogado José Alberto Benítez, contratado por la señora Kreutzen para aclarar las ambigüedades y vacíos informativos que rodean la muerte de su hijo y la hacen sospechar. La investigación de las circunstancias de la muerte de Wolfgang Kreutzer desemboca en la exploración narrativa del drama existencial de su fracaso sobre el dominio de una pasión que, finalmente, lo conduce al suicidio. El elemento interesante desde la presente perspectiva de análisis reside en el hecho de que ese fracaso, cuya consecuencia es la muerte objeto de la investigación de Benítez, es provocado en el personaje, y vivido con la densidad dramática con que se expone, como producto de su incomprensión cultural y de su incapacidad para discriminar las sutilezas del código emocional y de conductas del mundo que su pasión le empuja a penetrar. Por estas circunstancias, en esa exploración narrativa la administración de los lugares de la mirada adquiere importancia y consistencia.
Benítez posee la mirada de ambos mundos: comprende, como hombre que ha vivido en el exterior, las inquietudes de la señora Kreutzen, pero sobre todo comprende íntimamente, como natural, los ritmos que mueven la isla. Esos ritmos son presentados durante el desarrollo de la novela a través de rasgos característicos: el aparente desorden (“el único lugar del planeta donde todos mandan y nadie obedece” (p. 8)) sin embargo capaz de conducir a la armonía de muchas empresas, sobre todo en las faenas de pesca; el gusto y el desencanto por la historia regional, expresada en la tertulia intelectual de plaza; los modos retorcidos de la burocracia cruzada por los desmanes de la política y la ineficiencia de estado; el carácter cosmopolita y provinciano conviviendo con sus tensiones como marea de fondo; la búsqueda intuitiva de los atajos, típica de la reconocida viveza criolla; pero también los códigos de la cálida diversidad del ser margariteño (lenguajes incluidos) atravesada de desconfianza y reconocimiento de la distancia cultural. Esa trama es recorrida por Benítez en su investigación: protagonista y a la vez testigo de la tragedia de la muerte en la idílica Playa El Agua. Es este investigador de un posible crimen quien lee los signos de la civilización, en ese rincón del oriente del país, en su más trágico sentido. Será un natural, Fucho, el mentor de Wolfgang en el arte de los gallos, quien le suministre información clave sobre el modo que tenía de vivir su pasión el alemán:

…tengo que reconocer que nunca vi nada como lo de Gorfan con los gallos (…) esos animales te jalan, y si te dejas joder por ellos, acaban contigo (…) por más que se lo expliqué, nunca aprendió a
taparse y, qué carajo, nunca ganaba porque le faltaba malicia. Y sí señor, con las peleas de sus propios gallos fue que se terminó de joder (…) Esos gallos vivían estropeados de tanto trabajo que les ponía a hacer y tanta vaina que les echaba. Yo le decía que no los fastidiara tanto, que les diera más patio, pero con la gente que está así de maniática por una cosa llega un punto en el que te cansas y no le dices más nada (pp. 201-202).

Wolfgang descuidará su negocio, la atención a su mujer y todo aspecto de su vida para empeñarse, hasta el quiebre de su espíritu, en un mundo que no llega a comprender del todo. Será su propio diario el que suministrará la información que necesita Benítez para completar su expediente. Es un documento que, con sus abundantes anotaciones referidas a su aprendizaje con los gallos, testimonia una entrega imprudente y una sensación de fracaso creciente (“Tengo el alma tan lacerada como la cabeza de mi pinto” (p. 218)).
Allí describe el episodio que desencadena las emociones definitivas que más adelante, unidas al convencimiento de ser él mismo un “gallo huido” como el gallo que crió y que mató con sus propias manos en la última riña a la que asistió, motivarán el suicidio y determinarán su modo:
Evoqué la catástrofe de la gallera, yo y mi zambo, confiados y engañados, contra ellos dos, el marañón y su dueño pérfidos. Y aquello era demasiada traición y demasiada desdicha para un solo día. Corrí hacia el mar, quería hundirme en él, atravesar el océano, irme de allí, morir (p. 232).
La otra isla da cuenta de esa forma de una lectura otra de la identidad de la isla. El crimen, aunque no sea tal, en definitiva es la piedra angular que permite escrutar la tragedia que supone para sus personajes la ajenidad y la distancia cultural, tanto como posibilita la mirada sobre la compleja heterogeneidad de la identidad colectiva del terruño.
Otro tanto ocurre en los cuentos de Luis Aristimuño, pero allí los procedimientos serán diferentes.


Nota: Las fotografías usadas en este post, así como las composiciones gráficas y dibujos son de mi autoría

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Gracias por la compañía. Bienvenidos siempre.


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