KkIIoSpelling out opportunities/ Deletreando las oportunidades

지난달
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We were, at that time, boys between sixteen and twenty years of age, challenging the world and inventing the most dissimilar and audacious things to make us feel, to do something different in that hidden provincial town where we lived. By that effervescent time of our foolish journey, it had been two years since I had obtained my Bachelor of Science degree and I was just waiting to get a place in the university to continue my studies. It was for that reason, perhaps, that at a certain moment I realized that some of those friends, whom I had known very well since childhood, could not read properly; that is, when faced with writing, they took too long to decipher each word, which prevented them, of course, from fully understanding the message they were trying to read. Their hesitations and babbling that said nothing as they tried to combine the sounds into syllables that made sense was hopeless. Those in this situation were highly intelligent youngsters who attended school only during the first years of childhood and, for reasons that are not necessary to explain, dropped out of formal education.

Despite the messy existence we were leading, I was aware that already at that time it was essential, at least, to be able to read efficiently in order to get a decent job, and so I decided to devise some way to inculcate in them the habit of reading so that they could overcome those deficiencies that would surely lead them to a much more difficult existence than usual.

In those years, cowboy movies were in vogue, which we enjoyed whenever we had the opportunity to go to the movie theaters in the nearest town. The enthusiasm of all of us for this type of stories was evident: we commented on them and imitated the movements of those intrepid heroes on horseback who applied their particular way of doing justice. In addition to the movies, there were also cowboy novels. These were small paperback books, published in Spain, which narrated, in a quite entertaining way, the same adventures of the indomitable American West that we saw in the movies, but in a much more detailed way and with the obvious advantage that they could be read at any time and as many times as the interested party wished.

Determined as I was to attract those friends to reading so that they could master it without any problem, I began, at first, to tell them the stories told in those books and to compare them with some of the movies they had liked the most. Once I got their attention, they had no choice but to start reading the long and interesting cowboy stories so avidly that, after a few weeks, their reading fluency was frankly admirable. From then on, the matter was very easy, since there was no need for me to point them to other types of books, they themselves looked for them and borrowed from me the few I had on world literature and other topics of human knowledge. One of them, José Ramón González, took, without my noticing, a Bible that I protected as a beautiful treasure because my mother had given it to me when I was just a child. He liked it so much that he never gave it back to me and, after a few months, he had become a fervent preacher of the Word of God. The others carved their path in the ways of good and were trained in different trades that made them examples of responsibility and self-improvement.

Nowadays, every time we meet in town, all those good friends remember how they became excellent readers, thanks to the cowboy novels I put in their hands, and gratefully acknowledge how that habit changed their lives, opened the doors of knowledge and the range of job opportunities they have had and taken advantage of just by mastering that basic tool of knowledge.

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Deletreando las oportunidades

Éramos, en aquel entonces, muchachos que andábamos entre los dieciséis y veinte años de edad, desafiando al mundo e inventando las cosas más disímiles y audaces para hacernos sentir, para hacer algo diferente en ese escondido pueblo de provincia donde vivíamos. Para esa época efervescente de nuestro insensato trajinar, hacían ya dos años que yo había obtenido el título de Bachiller en Ciencias y solo estaba esperando conseguir un cupo en la universidad para continuar con mis estudios. Fue por eso, quizás, que en un momento determinado caí en cuenta de que algunos de esos amigos, a quienes conocía muy bien desde la infancia, no sabían leer correctamente; es decir, cuando se enfrentaban a la escritura tardaban demasiado para descifrar cada palabra, lo cual les impedía, por supuesto, entender en forma cabal el mensaje que intentaban leer. Sus titubeos y los balbuceos que nada decían, mientras procuraban combinar los sonidos para que se convirtieran en sílabas que alcanzaran algún sentido era desesperante. Los que se encontraban en esa situación eran jóvenes muy inteligentes que asistieron a la escuela apenas durante los primeros años de la niñez y, por razones que no vienen al caso explicitar, abandonaron la educación formal.

A pesar de la existencia desordenada que llevábamos, yo estaba consciente de que ya en aquel tiempo era imprescindible, por lo menos, saber leer de manera eficiente para conseguir un trabajo decente, y entonces tomé la decisión de idear alguna forma de inculcarles el hábito de la lectura para que superaran esas deficiencias que, con seguridad, les depararían una existencia mucho más difícil de lo normal.

En esos años estaban en boga las películas de vaqueros, las cuales disfrutábamos siempre que teníamos la oportunidad de acudir a las salas de cine que había en la ciudad más cercana. El entusiasmo de todos nosotros por este tipo de historias era evidente: las comentábamos e imitábamos los movimientos de aquellos intrépidos héroes a caballo que aplicaban tajantemente su tan particular modo de hacer justicia. Además de las películas, existían también las novelas de vaqueros. Se trataban de pequeños libros de bolsillo, editados en España, que narraban, de manera bastante amena, las mismas peripecias del indomable oeste americano que veíamos en el cine, pero de una forma mucho más detallada y con la evidente ventaja de que podían abordarse en cualquier momento y cuantas veces el interesado quisiera.

Empeñado como yo en estaba en atraer a esos amigos hacia la lectura para que la dominaran sin ningún problema, comencé, en un principio, a comentarles las historias que relataban aquellos libros y a compararlas con algunas de las películas que a ellos les había gustado más. Una vez que logré su atención, no les quedó más remedio que ponerse a leer los extensos e interesantes relatos de vaqueros con tanta avidez que, a las pocas semanas, ya su fluidez en la lectura era francamente admirable. De allí en adelante, la cuestión fue muy fácil, ya que no hizo falta que yo les señalara otro tipo de libros, ellos mismos lo buscaban y me pedían prestados los pocos que yo tenía sobre literatura universal y otros tópicos del saber humano. Uno de ellos, José Ramón González, se llevó, sin que me diera cuenta, una Biblia que yo protegía como un hermoso tesoro porque me la había regalado mi madre cuando era apenas un niño. A él le gustó tanto que nunca me la devolvió y, a la vuelta de unos pocos meses, se había convertido en un ferviente predicador de la palabra de Dios. Los demás labraron su senda por los caminos del bien y se prepararon en distintos oficios que los convirtieron en ejemplos de responsabilidad y superación.

En la actualidad, cada vez que nos encontramos en el pueblo, todos esos buenos amigos recuerdan cómo se transformaron en excelentes lectores, gracias a las novelas de vaqueros que yo les puse en sus manos, y reconocen, agradecidos, la forma en que ese hábito les cambió la vida, les abrió las puertas del saber y la gama de oportunidades laborales que han tenido y aprovechado solo por dominar esa herramienta básica del conocimiento.

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You have done well to inculcate the habit of reading amongst your friends.

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Yes, it has been a great pride for me to do it. I feel very grateful to you for stopping to read my publication and commenting on it.

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