La rumba que nos perdimos

3개월 전
La década de los ochenta, en nuestra Venezuela del siglo pasado, fue un período de efervescencia que marcó, sin duda, toda una generación de paisanos que la vivieron y la gozaron sin ninguna contemplación; daba la impresión de que el gobierno de turno hubiese decretado que ninguna persona nacida en este suelo tenía derecho a andar triste por el territorio nacional y que cada venezolano cumplía con ese deber al pie de la letra. En aquellos años surgió una resplandeciente constelación de músicos y cantantes que se apoderó del gusto de los melómanos y compitió, sin ningún complejo, con los más connotados artistas internacionales. Algunos de esos nombres continúan sonando con insistencia en el escenario nacional, mientras que otros nos dejaron sus temas grabados para que siempre los encontremos cuando hurgamos en nuestra discografía. Franco De Vita, Karina, Ilan Chester, Kiara, Ricardo Montaner, Melissa, Yordano, Colina, Aguilar y otros que se escapan de esta apretada enumeración fueron voces frecuentes en la radio y en los canales de televisión, junto a unas cuantos grupos que se iniciaron igualmente durante esa década dorada.

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Fue la época en que la competencia incansable entre Radio Caracas Televisión y Venevisión tuvo un sinfín de clímax que los televidentes disfrutaban con una pasión tan genuina que casi era imposible encontrar a ciertas horas de la noche a un alma fuera de su casa. No era para menos, debido a esa rivalidad, ambos canales se esmeraban en contratar a los mejores artistas del planeta, en buscar los más eficientes comunicadores y, por supuesto, las noticias y casos más impactantes de Venezuela y el mundo; además hacían todo lo que estuviera a su alcance por producir las mejores telenovelas; estas últimas también se convirtieron en un sello distintivo del país de aquel entonces; exportábamos esas series dramáticas y fuimos reconocidos internacionalmente por ser los mejores del género; por culpa de estos mal llamados culebrones, aprendimos de repente que los hombres sí lloran, e incluso lloran más que las mujeres cuando el amor les da la espalda, y que el llamado sexo débil se comporta con una fortaleza increíble cuando es necesario, además de que les lleva una ventaja enorme a los hombres en cuanto al oficio de trazar estrategias y ocultar secretos. Durante esos tiempos jubilosos, la nación reiteró muchas veces la incomparable belleza de nuestras mujeres, a quienes no les entregaban el Miss Universo y el Miss Mundo todos los años para no desanimar a los demás países y correr el riesgo de que se terminaran estos concursos por falta de quórum. Los ochenta fueron también los tiempos en que surgieron las famosas minitecas. No había bonche, no había rumba, si no estaba amenizada por una miniteca. El propósito de estos artilugios rimbombantes era reproducir la música al más alto volumen posible y con la mayor fidelidad que les permitiera el último grito de la tecnología. Debido a esto, los expertos de la salud pronosticaron, con mucha seriedad, que en el país habría irremediablemente a la vuelta de unos años un sinnúmero de sordos, porque el oído humano no estaba en capacidad para soportar aquel sonido unánime e hiperbólico, y menos por tantas horas seguidas; pero nadie les hacía caso; “cuál es el problema -dijo muy tranquila la juventud de esa época- aprendemos a hablar con señas y seremos bilingües,” y siguió con el bonche. Para colmo ya hasta la gente mayor despreciaba los radios y otros aparatos de escuchar música que tenían dentro de sus hogares porque carecían de la potencia sonora y el glamur de las minitecas.

Con todo esto, pareciera que fuera mentira, sin embargo, a principios de los ochenta, ocurrió lo que se conoció dentro y fuera del país como el viernes negro (18 de febrero de 1983), que fue el día en que se reconoció formalmente la depreciación del bolívar frente al dólar. Cada vez que pienso en ello, creo que el venezolano fue decolorando el bendito viernes hasta llevarlo de nuevo a su color original, ya que, aun cuando los economistas alertaban sobre las terribles consecuencias económicas que este hecho suscitaría para el bienestar de la población, la vida continuó como si nada; la rumba, las parrillas, los sancochos, los encuentros, los viajes, los estudiantes trasladándose a otras zonas lejos de su territorio residencial a conquistar un título universitario, el beisbol y los deportes en general… nada, que yo recuerde, se detuvo, ni nada faltaba en los comercios de aquella Venezuela petrolera.

No sé, en verdad si se debió a este tropezón económico que de alguna manera propició ciertos ajustes en nuestras costumbres alegres, bulliciosas y derrochadoras, pero fue por esos años cuando el venezolano desplegó con inaudito interés una entusiasta pasión por los juegos de azar. Ya se conocía, por supuesto, desde décadas anteriores, su interés por las carreras de caballo, pero se trataba más que todo de un segmento casi exclusivo del género masculino, que se dedicaba a estudiar la emblemática Gaceta Hípica y seguía el hipismo a través de la radio y la televisión. Pero ahora era diferente, porque el gusanillo del juego había picado a casi toda la población nacional… Pero esto se los seguiré contando, si Dios y ustedes mis queridos venezolanos de este famosa comunidad, me lo permiten, en mi próxima publicación.

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@cruzamilcar63, hola temprano lei tu Narración ,, bonitos recuerdos, excepto el fatal, viernes negro. saludos.

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