Crudo invierno

작년

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La gota caía constante sobre la dura superficie de hielo. Todo además de eso, era silencio. Los árboles no se movían, no había animales rondando, todo estaba en calma. El acantilado estaba blanco, la nieve ocultaba todos los colores de las rocas, los árboles, la tierra. En el centro, un lago se encontraba congelado, la pequeña cascada a mitad de su movimiento reflejaba la luz de forma magistral mientras unas pequeñas gotas caen al grueso témpano de hielo.

Dentro de unos de los árboles cubiertos de nieve una criatura se movió, temblaba, quizás pudiésemos pensar que era del frio, pero no era eso, estaba abrigado por completo, sus movimientos involuntarios eran por miedo. Había tratado de contenerlo lo máximo posible, porque, aunque todo estuviese en calma, sabía que estaba ahí, él lo sentía.

Con tan solo diez años su padre ya le había enseñado lo esencial para defenderse, vivir en el bosque no es una tarea fácil, pero nunca pensó que el peligro tuviese tanta magnitud.

Su padre, sentía en su pecho el dolor de haberlo perdido. No, realmente no lo había perdido, se lo habían arrebatado, frente a él y sin poder hacer absolutamente nada, solo huir y correr. Había logrado esconderse, pero sabía que lo seguirían, sabía que estaban cerca.

Aunque después de varias horas nadie llegó, nadie siguió sus pasos, nadie lo encontró y poco a poco se quedó dormido dentro del matorral congelado. Cuando abrió los ojos ya la luna iluminaba con su esplendor todo lo que tocaba, la nieve producía un brillo cegador lo cual no era beneficioso para alguien que quiere esconderse. Pero él sabía que debía moverse, si no moriría congelado.

Poco a poco, tratando de hacer el menor sonido posible, salió detrás del arbusto, mirando siempre a su alrededor.

Sentía que su corazón se iba a salir, quizás ese sonido atraería a los asesinos y así terminaría su vida.
Con el mayor esfuerzo posible, alzó sus pies y empezó a andar. No sabía dónde huir… Solo quería buscar a su familia, o lo que quedara de ella. Así que regresó hacia su pequeña casa… Quizás fuese posible que no hubiese nadie esperando que él saliera de su escondite.

Poco a poco subió la empinada colina, sintiendo como los dedos de sus pies se congelaban, las botas de piel de oso no bastaban para detener el frio. Se detenía siempre que escuchaba algún sonido, una rama quebrarse bajo algún peso, un montón de nieve cayendo de las altas ramas de los árboles. Pero solo eran ruidos en un inmenso bosque. Se decía a sí mismo que eran animales, o eso esperaba.

Al llegar a la entrada de su pequeño hogar sentía como todo iba muy mal. No había luces encendidas, ni de la chimenea salía fuego, su madre siempre tenía fuego. Sus latidos cada vez más fuertes no le dejaban oír nada a su alrededor. Así que solo corrió, se acercó a la casa y empujó la sólida puerta de madera sin medir el no hacer ruido. Pero el ruido lo hizo él, cuando de pronto gritó.

Lo que había frente a él era monstruoso, nunca había sentido tanto asco, dolor y miedo.

Justo delante de él se encontraba un hombre encorvado, reía, su risa era escalofriante, y a través de sus labios dejaba ver unos largos colmillos chorrentes de sangre. Sangre que era de su hermana, la cual se encontraba en pedazos delante de él.

Sin poder contenerlo, simplemente vomitó en sus pies, no había mucho que expulsar de su estómago. El hombre lo veía con ojos negros y brillantes. El joven sabía que no podía huir, había sido el mismo monstruo que había robado la vida de su padre cuando subían la colina para regresar a casa.

Pero no sabía porque lo había matado, ahora sí sabía para que… simplemente para comer. La idea, solo de pensarla era repugnante, verlo era aún peor.

Las lágrimas del niño no se hicieron esperar, se sentía solo. Veía a su hermana, o lo que quedaba de ella, aún con el suéter rosa que le había regalado la abuela en navidad, todo manchado de sangre. Su rostro, estaba vació, ya no era su hermana.

Con ira y rencor en sus ojos el niño le devolvió desafiante la mirada a la bestia que le había arrebatado todo en su vida.
Cuando eran niños sus abuelos siempre le contaban historias de monstruos que devoraban personas, criaturas extrañas que se escondían en las montañas y bajaban en ocasiones a alimentarse. La abuela siempre les decía que no podían quedarse hasta tarde jugando en los páramos porque podían ser asesinados. Pero siempre creyeron que eran solo historias para asustar.

Hoy viendo al hombre de frente entendió que no había animales en el mundo que fuesen tan repugnantes como ese que estaba viendo justo ahora. Ésa era la peor criatura que pudiese existir. Un humano.

Así que sin miedo en el corazón, solo odio y asco el joven tomó el último acto de valor que pudo tener, y sin meditarlo se arrojó sobre el hombre que ferozmente lo golpeó y zumbó contra los muebles de la pequeña casa. Sus huesos crujieron al chocar contra el piso, y el dolor le abrazó la pierna y el brazo. Gritó muchas veces, de ira, de dolor, de lamento, y el hombre seguía golpeándolo.

Reía, para él era un aperitivo más, jugar con la comida a veces estaba permitido. Así que seguía jugando y jugando, golpeando a un indefenso que no tenía más ganas de vivir. El chico solo quería que el dolor terminara, quería que fuesen borradas todas las imágenes desagradables y desgarradoras de su mente. No quería recordar como había caído su padre al piso luego de que le cortaran el cuello, ni la imagen de su hermana hecha pedazos siendo devorada por un animal… No quería recordar nada más, solo quería marcharse con ellos.

Pero no ocurría. La bestia simplemente lo tenía como su distracción.

Con unos pies llenos de suciedad, pisaba la cara del niño contra el piso. El dolor era inaguantable, el pequeño sentía como sus ojos se iban a salir de sus órbitas cuando un extraño sonido se produjo.
Un simple Bum, cargado de fuerza, que le produjo un pitido en sus oídos desagradable. Pero todo el peso que había sobre él se eliminó. Su cabeza había quedado libre.

Solo vio como el hombre, completamente lleno de sangre cayó al piso y se estrelló con lo que quedaba de la mesa de su madre.

Un cazador entró en el lugar, cargando su rifle y viendo alrededor. El niño simplemente no podía moverse, no sentía su cuerpo, no sentía ganas de vivir, pero lo hizo. Vivió y lloró por haberlo hecho, sufrió el vivir, sintió cada gota de dolor por la pérdida de sus seres queridos. Y así durante toda su vida hizo lo único que no quería, recordar.


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