La Cruda Realidad - Una historia que supera la ficción

2개월 전

Todas las veces que salgo a la calle a tomar fotos, me encomiendo a Santa Verónica, patrona de los fotógrafos, principalmente por el peligro de sacar el teléfono en la calle, pero también por la necesidad de sentir que estoy encomendada a Dios y que él me pondrá en el camino de las historias correctas que debo contar o simplemente momentos específicos que deseo capturar y hacer de este arte, un aprendizaje profundo a nivel social, por cada elemento y contexto que observo en la calle y del que puedo sacar tanto provecho.

En esta oportunidad, me he encontrado una gran pero muy trágica historia que deseo compartir con ustedes con la intensión de sensibilizar nuestro concepto de humanidad y responder a las situaciones inmediatas que vemos como injustas en la calle.

El es el señor Gustavo Castillo y lo he encontrado, comiendo gallina cruda con sal.

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Yo iba caminado por la acera, cuando lo veo en la esquina; se encontraba agachado con algo en las manos que no podía distinguir de lejos, solo me parecía una trozo rojo de carne y me fui acercando. Como tenía el teléfono en la mano y me vio la intensión, me dijo: Joven, tomeme una foto y la lleva al periódico y diga que la gente tiene hambre.

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En el momento inmediato, pensé tomar muchas fotografías, pero no podía dejar de verlo directo a los ojos y no a través de la pantalla del teléfono, sin embargo, el me insistió.

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El señor Gustavo, me contó que la gallina se la regalo una señora de una iglesia evangélica, pero él vive en la calle, no tiene como cocinarla, sus hijos se han ido y esta solo.
Sus palabras fueron cada vez más profundas. Aunque rodeados de gente, el y yo sostuvimos una conversación cara a cara. Una lagrima, broto de cada ojo y fue ahí cuando más sentí su dolor, porque supe que era real, porque me di cuenta y más allá de eso, lo sentí, sentí que el sr. Gustavo no está loco, que en ese momento sus acciones fueron actos de protesta y duelo, por todo lo que ha perdido y le han quitado, su familia, su trabajo, su dignidad...

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El sr. Gustavo no estaba armando un show en la calle por llamar la atención y ser el que hablar de la gente, el sr. Gustavo tenía hambre y no solo hambre de comida, es un hambre de justicia, un hambre de paz, un hambre amor.

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Quiero decirles que contar esta historia para mi, ha sido casi terapéutico, porque luego de ella quede muy afectada. Sin contar que luego de despedirme, comenzó a llover y el ambiente se lleno de tristeza, para mi era el cielo llorando este suceso que yo había podido ver.
Me he enfrentado a miedos y cuestionamientos personales y espirituales que me dieron batalla. La publicación tanto en Instagram como en Facebook, se ha vuelto viral en escalas sorprendentes para mi sencillo perfil. Las reacciones de las personas pueden ser desafiantes, sobretodo porque esto se trata de un registro personal que llevo del día a día del venezonalo, en la que puedo encontrarme con realidades muy dramáticas a las que les toca un tinte político, pero mi versión es social, es humana.
Me preocupaba que vieran un contenido amarillista y carente de sentido, pues al ver algo como esto, creo que la reacción de muchos sería darle algo decente que comer. Pero para mi lamento, ese día solo cargaba el pasaje de regreso a casa, trayecto que me lleva una hora en carro, mismo que se hace por autopista, es decir, no podía hacerlo a pie.
Sin embargo, me dijo que al día siguiente estaría en esa misma zona, pero que no lo encontré.

La realidad del pobre, en cualquier lugar del mundo siempre ha sido objeto de estudio para las ciencias políticas, económicas y humanas y también por la religión. De hecho, ahora estoy leyendo un documento de Federico Carrasquilla, llamado "Escuchemos a los Pobres", en mi busquedad por entender la realidad antropológica que envuelve a la sociedad en clases sociales donde somos mirados por nuestras riquezas materiales y no por nuestro valor como ser humano.
Creo firmemente, que Dios nos ha hecho a todos iguales en dignidad como hijos suyos que somos y que todos y cada uno tiene una responsabilidad social. Es entender que mi bien, es el bien común, que mis alegrías pueden ser compartidas así como también mis tristezas.
La humanidad necesita despertar la pureza de su corazón para que ambicione un real progreso social y no solo los intereses propios de cada individuo.
Si somos capaces de vivir la necesidad del hermano, nos ocuparemos en responder los conflictos que nuestros gobiernos tapan y exigir las respuestas reales. Seríamos nuestros propios defensores y cuestionaríamos las leyes que desnaturalizan nuestra condición, como el aborto, la pena de muerte y la pena hasta la muerte, el matrimonio homosexual (leer sobre los lobby lgtb antes de criticar al respecto y distinguir si buscan defender derechos o ganar dinero con estas fachadas) y tantas otras corrientes que solo quieren acabar con nuestra naturaleza.

Son temas controversiales, si, pero hay que hablarlos y discutirlo desde la óptica que invite al BIEN COMÚN.
Quizás me he desviado del tema inicial. Para mi, es importante que puedan conocer, este proyecto, El Retrato de un venezolano, como la cara real de la gente, no la que sale en las redes, maquillada de filtros, lujos, comidas o viajes. Si no la cara de una gran porción de mundo que no tiene a su favor la balanza, en oportunidades, en recursos, en prestigio y que son desplazados y usados como objetos.
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En mi casa, hemos crecido con la bella costumbre de bendecir los alimentos y sentarnos juntos en la mesa a compartir el pan. Ayer, mis papas trajeron unas chuletas de cochino que eran realmente pequeñas, pero que acompañamos con arroz, ensalada, plátano y jugo. Yo me sentí rica con ese plato de comida y le pedí perdón a Dios si en mi mente me queje por el tamaño o por cualquier otra inconformidad mía que muy egoísta y humanamente pudo haber pasado por mi cabeza ahí, en el pasado o el futuro.
Quizás un gran paso para nuestra civilización sea pedir perdón y agradecer.

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